"'Quiero comer fideos caseros, bebé, compra fideos caseros', me dijiste a las siete pasaditas. Te abrí la puerta del edificio a las nueve en punto, con la sonrisa de quien recibe un abrazo a tiempo, pero vos no tenías esa sonrisa, no tenías ninguna. No tuve ni que preguntar qué te pasaba, lo dijiste con apuro, como quien escupe un trago que tiene un pésimo gusto: 'En realidad, no vine a comer, Maga. Vine a hablar'. Y subimos a mi departamento sin mirarnos ni de reojo. Me senté en un rincón, vos en otro, y te escuché decir esas cosas que se dicen cuando ya no se quiere a la otra persona. Esas cosas que suenan a excusas, porque no hay verdad en dejar de querer al otro, se tiene que inventar porque uno no sabe cómo pasó, no tiene idea, y trata de explicarse a sí mismo y al que tiene en frente teorías que avalen la certeza de que no funciona más. Porque la certeza está. Uno no sabe dónde quedó el amor, pero no duda de que ya no está ahí.
Lo único que me acuerdo haberte preguntado fue si lo habías pensado bien. No en tono amenazante, como a veces sucede en algunas rupturas. Yo estaba noqueada por tu decisión, fue lo primero y lo último que me salió de adentro:
-¿Lo pensaste bien?
-Sí.
-Bueno.
-¿No me vas a decir nada más?
-No sé qué más decirte.
-¿Vos estas de acuerdo con esto?
Me reí, sin muecas, sin sonido, pero me reí. ¿Quién puede estar de acuerdo con que no lo quieran más? No te diste cuenta, y entonces respondí, todavía en coma amoroso: sí, me parece que así está bien. ¿Querés que me quede a comer igual? Te miré. No, cómo te vas a quedar a comer, andá.
Me pasaron muchas cosas raras en la vida, pero jamás me habían pedido fideos caseros antes de cortarme, y por eso tal vez, esta historia vale un escrito. No se puede confiar en la gente que te pide fideos caseros para hacértelos comer con gusto a abandono, no se puede confiar en la gente que te dice bebé a las siete pasaditas, ni a ninguna hora. No se puede confiar en la gente que a los tres días te dice que se arrepintió y te cita en el obelisco, y te vuelve a cortar, sin fideos ni apodos boludos de por medio, pero en el epicentro de la ciudad para que nunca más en la puta vida mientras vivas en Buenos Aires te olvides del tiempo que compartieron. Es mala gente esa gente, pero no porque no te quiera más, sino porque no entiende que no te quiere más y te hace padecer su ignorancia. Hay maldad en jugar con un ser humano, maldad sin querer, como la de esas nenas que le arrancan la cabeza a la barbie y después la lloran. Y todos somos alguna vez esa nena, y todos somos alguna vez esa Barbie.
La cosa está en saber de qué lado está parado uno. Y no prestarse al juego del otro, y no jugar con la cabeza de nadie."
Magalí Tajes.