lunes, 2 de enero de 2017

Un montón

"La verdad es que no hay mejor momento para ser felices que ahora. Si no es ahora, ¿cuándo? Tu vida estará siempre llena de retos. Es mejor admitirlo y decidir ser felices de todas formas". Así arranca un texto de Eduardo Galeano. Ese año fue eterno. La verdad que fue tan a mil que siento que cuando cursé Comunicación y Teorías no fue este verano sino hace dos, tres; pero no, fue en 2016. También tiene que ver, no sólo con lo pesado y estresante que fue en un montón de aspectos, sino con lo distinto que fue el inicio y lo que es el final hoy.

En el plano académico, cursé y metí las últimas 11 materias de la carrera, culminando el pasado 6, a los huevazos, gritando: ¡Me recibí! Fue una de las metas que me propuse cuando brindé a principios de año, y con orgullo y el pecho bien inflado puedo decir que lo logré. En el camino putee, me aburrí, aprendí, conocí gente detestable, y gente que se hizo compañera de ruta. Me reí un montón, discutí un montón y, también, asentí un montón aunque no estuviera de acuerdo. También la facultad me dio personas increíbles que hoy tengo la suerte de seguir conservando, y me abrió puertas que ni siquiera visibilizaba en un futuro cercano. También me abrió la cabeza y pude construir desde las cosas negativas y positivas, mi visión de mundo y de vida.

En el plano laboral crecí un montón. Tuve la suerte de pasar por varios lugares y conocer gente que vale la pena. Resigné un montón de cosas por el maldito billete que mueve al mundo, que odiamos, pero que es necesario. No me avergüenza decir que crecí y que todavía me falta levantar vuelo, siendo así un permanente desafío. Conseguir laburo de lo mío, recién recibida, por un lado, me ayudó a poner en práctica tantos años de teoría, pero también me hizo resignar mi trabajo en el Kinder, que es el proyecto que más me hace feliz. Tan terca soy, y tanto lo quiero, que aun busco la forma de poder aportar como puedo, inventando tiempos imposibles para llegar con todo y seguir estando.

En el plano afectivo el 2016 fue un boom de emociones encontradas. Hace casi tres meses que estoy volviendo a encontrarme conmigo, descubriendo qué me gusta, qué no. Estoy poniendo en práctica todo el amor propio que siempre dije que me tenía y que, por razones que no vienen al caso, había dejado relegado. Estoy asumiendo el miedo a la soledad que cargo desde chica, y la vida me está mostrando que era tan insignificante que, poco a poco, estoy soltándolo. Descubrí gente que vale oro y redescubrí un montón de personas que nunca me dejaron sola y estuvieron cuando las necesitaba, en el momento justo, con el abrazo a tiempo y las palabras adecuadas. Fortalecí muchos vínculos, y solté uno que creía muy fuerte. Encontré un apoyo inmenso en mi familia para hacer todo lo que me propuse en este año y el reconocimiento es más que merecido porque sola no podría haber logrado nada y, probablemente, estaría muy estancada.

Por otro lado también descubrí mucha miseria y decepción, y aunque me costó horrores, y es un trabajo diario, asumí mis problemas y mis crisis -algunas compartidas- y las trabajé para que no me hicieran más daño del inevitable. Estoy soltando personas y situaciones a diario y en este sentido me estoy priorizando mientras busco que me afecten lo menos posible. Entendí que si yo no me respeto, ni me hago respetar; si yo no me priorizo, ¿Por qué otro ha de hacerlo? Y si ese otro igual elige el destrato y la falta de respeto, ¿por qué yo tengo que poner la otra mejilla, si no me lo merezco?

Este año me di cuenta que era hora de crecer. De elegirme, de estar bien conmigo. Este año decidí dejar de priorizar el bienestar del otro, y no porque no me importe, sino porque entendí que es necesario estar bien yo para estar bien con los demás. El 2016 fue eterno: aprendí, aporté, me quejé, disfruté, viajé, me superé, me recibí, me decepcioné, me enojé.

Amé, un montón. Amé y lo di todo, amé tanto que dolió. Me reí a carcajadas, me reí con fuerza, me reí con ganas. También lloré, un montón, y a menudo la risa y el llanto se entrecruzaron y entrecruzan por cualquier motivo. Pero si me dieran la oportunidad de resetear, volvería a vivir todo, porque de todo aprendí algo: qué quiero, qué no, cómo hacer las cosas de ahora en más, cómo no hacerlas. Todas esas huellas y marcas de vida que hoy me hacen ser quien soy y como soy.

Hoy elijo mirar el vaso medio lleno de las cosas, el lado positivo. Ya no me detengo a pensar tanto en el 'y qué pasa sí...'. Hoy me mando, y dejo que la vida suceda, que se dé como se tenga que dar, y será barajar y dar de nuevo constantemente... o no. Ayer soñaba con muchas cosas, y hoy sueño con esas y otras tantas más. Este año aprendí a no hacerme tanto problema por las pequeñas cosas y a disfrutar de la vida que tengo, a aspirar siempre a mas, pero a disfrutar siempre el recorrido hasta alcanzar mis metas.

El 2016 para mí duró 48 meses, hice un montón de cosas y, por suerte, me quedan un millón más por hacer. Este 31 brindo por mi familia, por mis amigos, por Raba: por su felicidad, porque puedan cumplir todos sus objetivos. Pero por sobre todo, y aunque suene egoísta, brindo por mí: por mí felicidad, mí aprendizaje, mí alegría, mí concreción de proyectos, sueños y objetivos, y mis constantes ganas de seguir proyectando.

Feliz año,

¡Lejaim!

Luli.