"I'm wide awake
Not losing any sleep
Estoy despierta, sin perder ningún sueño
I picked up every piece
And landed on my feet
Levanté cada pieza, y caí sobre mis pies.
I'm wide awake
Need nothing to complete myself, no
Estoy despierta, no necesito nada que me complete.
I'm wide awake
Yeah, I am born again
Outta the lion's den
Estoy despierta y volví a nacer fuera de la guarida del león
I don't have to pretend
And it's too late
The story's over now, the end.
No tengo por qué fingir, y es muy tarde. La historia se termina ahora, es el final.
I wish I knew then, what I know now.
Desearía haber sabido entonces, lo que sé ahora"
Katy Perry - Wide Awake
Pretendo hablar desde la purísima humildad, desde mi experiencia que no es ni la mejor, ni la única, sino que es una más que pretende sumarse a las cientos que existen y que viven día a día distintas mujeres. Con mi vivencia ayudé a la amiga de una compañera, a la hermana de una amiga y, también, a una amiga mía.
Escribo estas palabras con todo el pudor del mundo en mi cuerpo... Aun no sé por qué me invade la vergüenza, pero la necesidad de sacar tantos años de silencio es aun mayor a la misma.
Fue hace casi seis años. Yo tenía 18 y si bien no éramos novios, estaba con un chico por el que sentí un amor y una admiración muy grandes. Él es tres años mayor que yo, y siempre nos cuidamos. Yo no tenía mucha experiencia, ni había tenido Educación Sexual Integral en la escuela. Era la segunda persona con la que tenía relaciones, y era de las minitas que creía que si quedabas embarazada, era porque no te cuidaste y agua y ajo, a hacerse cargo de nuestras decisiones.
Todavía no puedo explicarlo. Nosotros nos cuidamos, esa vez también, pero se nos rompió el preservativo. La tarde posterior tomé la pastilla del día después y, tal como indicaba el prospecto, esperé a mi siguiente menstruación. Pasaron 33 días cuando fui a buscar a ese chico y le dije que aun no me había venido. Esa tarde, al volver del trabajo, los dos muy nerviosos, fuimos a comprar el test. A la salida de la farmacia recuerdo que discutimos. No sé ni por qué, creo que porque fue la reacción que a cada uno le salió. Él me escupió en la cara, a los gritos, que no quería ser padre, que no quería un hijo. Yo asentí.
Siendo sincera conmigo misma, en ese momento no sabía qué quería, pero seguro no era una situación por la que quería estar pasando. ¿Viste cuando en las películas pasan la vida de los personajes en cámara rápida y él detrás se queda como en slow motion? Todo este proceso yo lo viví así: Yo daba un paso a la vez, y la vida me cagó a palos sin dejarme procesar cada golpe.
Esa noche mi mejor amigo se quedó conmigo hasta que llegó él a mi casa, que había prometido venir a hacer el test conmigo. La verdad es que nadie confiaba en su palabra. Yo tenía muchas esperanzas depositadas y por suerte llegó. Hice pis en el palito y no hizo falta esperar los dos minutos reglamentarios porque las dos rayas se hicieron notar rápidamente.
"Estoy embarazada". Se lo envié a mis dos mejores amigos, a mis dos mejores amigas y a mi cuñada, la única persona "grande" que era conocedora de esta situación y la que me salvó de hacer cualquier locura.
Nos sentamos y yo tenía la mirada ida. Creo que mis pensamientos iban a diez mil y mi capacidad de comprensión a cinco. No podía entender. Él me abrazó y en una postura contraria a la discusión que habíamos tenido en la calle, me dijo suavemente que haríamos lo que yo quisiera hacer. Confesé en voz alta no saber qué hacer, y permanecimos en silencio un tiempo largo, no recuerdo si fui consciente de cuánto, pero para mí fue eterno.
Él sugirió ir a buscar unas pastillas que una amiga suya había tomado y que provocaban abortos espontáneos (Su amiga había estado internada posteriormente, y no había habido ningún tratamiento médico de por medio). Pese a ser sexualmente activa, yo nunca había ido a una ginecóloga. Le dije que sí, pero el destino quiso que esa mañana nos levantemos más tarde y no llegáramos al hospital para buscar esas pastillas.
Mi cuñada me llamó y estaba tan perdida como yo, pero aun conservaba la cordura. Esa tarde me fui a trabajar como si nada, y 'pueblo chico, infierno grande' es el dicho que más encaja con el trabajo que hacíamos en ese momento. Todos estaban al tanto de la situación, todos hablaban de mí y nadie hablaba realmente conmigo. Nunca me sentí tan sola en toda mi vida. Sólo mis mejores amigos supieron contenerme y creo que ellos se sentían inútiles porque también era una situación completamente nueva para ellos.
Recuerdo que una amiga vino y me convenció de no escucharlo para tomar esas pastillas, porque no sabíamos qué secuelas podrían traer aparejadas. Era la que más sabía del tema; una amiga suya había decidido ser mamá a los 15 años e investigó muchísimo sobre la posibilidad del aborto. Trató de persuadirme para que lo haga, me dijo que había hablado con él, y en su miseria, él le confesó que estaba seguro de que yo quería tener ese bebé para retenerlo. Me enfermé del asco. Lo amaba con el corazón pero definitivamente su amor eran puras palabritas: si me creía capaz de retenerlo con un hijo definitivamente no me conocía.
Teníamos campamento, pero al caer el sol también cayeron a la quinta mi cuñada y mi hermano. Fui al auto a hablar con ellos. La vergüenza me impidió mirar a mi hermano a los ojos, me sentía la oveja negra de la familia, me sentía impotente: de nuevo me sentía la persona más sola del universo.
Mi hermano fue la cordura en el medio de todo este quilombo. Llamó a un amigo suyo que le pasó el teléfono de su hermana, ginecóloga. La llamamos y nos dio un sobre turno para la mañana siguiente. Luego de calmar mi llanto, pactamos que me buscarían esa mañana para ir a verla.
Fue la peor noche de mi vida. Sentía que mi cuerpo estaba ahí pero mi mente estaba en Plutón. Él actuaba completamente ajeno a la situación, y yo me sentía morir.
Me fui a dormir temprano y un par de horas después él entró en la carpa y me abrazó, pero a la mañana a la médica fui yo sola. En el auto estaban mi hermano, mi cuñada y, también, mi mamá.
Mi mamá es el ser humano más importante en mi vida. Es una mina de campo que no entiende estas cosas. Es creyente, y estaba desconcertada: yo había dejado de ser su nena. Estaba embarazada y podía ver en sus ojos que no entendía cuándo yo me había alejado tanto al punto de no recurrir a ella para contarle el infierno que estaba viviendo. Nunca le pude decir que hasta mucho después de sucedido no sentí que vivía un infierno.
La ginecóloga nos contactó con una partera que nos vería esa tarde. Mi mamá me reprochó la falta de confianza para con ella y nuevamente, pese a estar acompañada por mi familia, me sentí muy sola.
Volví al campo y tuve que actuar la mejor cara de "no hay tal crisis" que jamás había puesto. Estaba lleno de nenes y se suponía que nosotros éramos los responsables a cargo. No podía hacerme cargo de lo que estaba viviendo y el mundo pretendía que yo me hiciera cargo de educar a esos pibes.
Cuando volvimos a la ciudad, los papás de él nos estaban esperando. Mi mamá los había puesto al tanto de la situación y, también, nos reprocharon no haber acudido a ellos. Yo no era la novia de él, él no era mi novio, y de repente nuestras familias estaban enteradas de que nosotros estábamos juntos -pero no tanto-. Me atrevo a confesar que él me guardó rencor por siempre por esas situaciones, y yo confieso otra vez que volví a sentirme sola, indefensa y chiquita, muy chiquita.
Cuando llegamos a lo de la partera, ella se puso nerviosa porque había un montón de pares de ojos: mis papás, los suyos, mi hermano, mi cuñada, él y yo. Nos hizo entrar a nosotros dos a la sala donde ocurría todo. Era diciembre, y hacía mucho calor, pero yo sentía frío. Se cerró la puerta detrás de todas esas miradas inquisidoras que gritaban reproches, dolor, sorpresa, incertidumbre, decepción e intentaban buscar culpables, y yo rompí en llanto.
Ese llanto fue liberador. Estaba aterrada. Él apoyó una mano en mi espalda y me acarició como a los perros. Lo entendí, los dos estábamos perdidos. No sé si a él le pasó como a mí, pero sentí que el mundo se me venía abajo. La partera me tranquilizó, me contó todo el procedimiento: era más sencillo que una apendicitis. Me preguntó mi última fecha de menstruación; calculó y me dijo que yo estaba de aproximadamente 2 meses de gestación. Todavía había tiempo. Me dijo que íbamos a esperar a que pasara año nuevo y, luego, lo haríamos.
En año nuevo yo brindé porque el año que venía sea mejor que el que se iba. Por suerte la mesa familiar fue alegre y me sirvió para distender.
El 2 de enero de 2012 empezó el aborto. Él me acompañó. A la mañana me tomé dos pastillas y fuimos a lo de la partera: me puso una pastilla intravaginal. Nos mandó a hacer tiempo y luego volvimos. Pasé la puerta de la sala y ya estaba sola frente a la partera y al anestecista. Fui al baño y expulsé algo con coágulos de sangre. Luego me acostó en una camilla y me pusieron anestesia por intravenosa. Los escuchaba hablar y reírse entre ellos. Ella me hizo el raspado. Creo que en el medio de todo eso le mandé un mensaje de texto: "Te necesito acá" creo que le puse, y él me respondió: "Vamos que falta poco", como si fuese una carrera y me faltara poco para llegar a la meta.
Salí de ahí una vez finalizado y pagado el aborto. Tuve la suerte de que mi mamá pudo pagar los 3400 pesos que costaba en ese momento, y me llevaron a mi casa. En la puerta me despedí de sus papás y él vino en el auto conmigo y los míos. Me acompañó hasta mi habitación y me dejó ahí, se fue no sé con qué excusa, y recuerdo que vino una amiga a cuidarme.
Estuve dolorida y en reposo menos de una semana. Un mes y medio estuve con pérdidas tipo coágulos que hacían que me baje la presión de manera impensada. Estuve con controles ginecológicos semanales, ecografías y estudios que se aseguraron de confirmar que no habían quedado secuelas.
Una semana después del aborto él se fue a un campamento. Se fueron mis amigos y se fue él. La ginecóloga me prohibió ir, y me quedé sola en la ciudad. Mi mamá trabajaba y tampoco se acercaba mucho, no sabía cómo actuar. Qué se yo, hizo lo que pudo.
Creo que no fui consciente de lo que me pasó hasta febrero. Enero de 2012 fue el mes en el que realmente conocí la soledad. Estuve aterrada sin poder decírselo a nadie. En mi casa fue palabra prohibida durante años, y nunca se volvió a tocar el tema directamente, creí mucho tiempo que mi familia estaba decepcionada de mi.
La verdad es que no culpo a nadie. Cada uno hizo lo que pudo desde su lugar y reaccionó como le salió. Pero por años yo sentí vergüenza de haber abortado, y en realidad haberlo hecho fue la decisión más acertada que pude haber tomado en la vida.
Hasta el día de hoy estoy convencida de que fue lo mejor que podría haber hecho, pero sé que no fue mi decisión. No tenía las herramientas necesarias para poder asumir la responsabilidad de decidir. En mi casa no se hablaba de sexo, no se hablaba de métodos anticonceptivos.
En febrero del 2012 con ese chico nos pusimos de novios. Escribiendo esto me atrevo a preguntar si se puso de novio conmigo por amor o por culpa, o qué era lo que pesó más a la hora de tomar esa decisión? Estuvimos juntos cinco años y nunca hablamos del aborto que realizamos.
Tengo 24 años y recién hace un año pude empezar a hablarlo en voz alta. Era un secreto a voces. Doy con el perfil de las mujeres de clase media alta que abortan pero que como lo pueden pagar, no sale en ningún lado, ni se mueren desangradas, ni quedan con secuelas. Pero me cansé de dar ese perfil.
Puedo seguir siendo una mujer de clase media alta, pero aborté y no me arrepiento de haberlo hecho. Si pudiese volver el tiempo atrás cambiaría mi falta de instrucción respecto a educación sexual y a métodos anticonceptivos pero si así y todo, hubiese quedado embarazada, también hubiese abortado. Tenía 18 años, estaba estudiando y no tenía un trabajo asalariado ni estable. Hoy estoy recibida, estoy terminando otra carrera, tengo un trabajo estable y un millón y medio de proyectos más por hacer, que no hubiese podido realizar si hubiese seguido adelante con ese embarazo. Entre ese momento y hoy cumplí otros cientos de proyectos más que tampoco hubiese podido hacer.
No voy a mentir, abortar para mí fue traumático. Estoy segura de que ninguna mujer desearía pasar por eso sin sopesarlo. Pero tenemos que poder tomar esas decisiones sin poner en riesgo nuestra vida. Por eso estoy a favor de la despenalización del aborto. Por eso exigimos también educación sexual y anticonceptivos gratuitos. Porque una mujer tiene que poder decidir cuándo y cómo ser madre sin tener que elegir entre morir o tener un hijo.
Yo quiero ser madre: quiero tener siete hijos, y tengo los nombres para todos ya pensados, desde los 14. Pero a los 18 yo seguía atrapada en el rol de hija, y no estaba ni mental ni socioeconómicamente preparada para traer un pibe al mundo.
Esta es mi historia. Hoy soy quien soy, entre muchas cosas, también, por esto. Quise contar mi experiencia casi en detalle porque es importante contextualizar: el procedimiento médico del aborto es lo más insignificante de mi relato. Lo que a mí me traumó es la mistificación social respecto a quien aborta: no soy asesina, no soy una basura, no soy una inconsciente ni soy, como las personas más podridas de la sociedad suelen decir: una analfabeta que no se cuidó y abrió las piernas igual. Soy una mina que aun no sabe explicar cómo fallaron dos métodos anticonceptivos. Que tuvo relaciones con la persona que en ese momento amaba, y que pasó todo esto conociendo un montón de sentimientos: sobre todo el de la soledad.
La sociedad no se da cuenta de cuánto puede influir en las decisiones de una persona, pero yo sentí vergüenza de mi misma por la acción más lógica que llevé a cabo en mi vida. No maté a nadie, me salvé a mi de tener un hijo siendo aun hija, y salvé a una persona de llegar al mundo sin ser deseado.